Mirabilis, 1996, y un sonido que todavía reconoces
ICQ salió en 1996 de las manos de Mirabilis, una compañía israelí diminuta que dio con algo que no existía todavía en el ordenador doméstico: saber quién de tus conocidos estaba conectado en ese preciso instante y escribirle sin más trámite. Antes de aquello había correo, había foros y había IRC; lo que no había era esa lista de contactos que se iluminaba sola.
El detalle que sobrevive en la memoria colectiva es sonoro. El aviso de mensaje entrante —ese «uh-oh» corto y ligeramente alarmado— sigue reconociéndolo gente que hace veinte años que no lo escucha. Alrededor de él estaba lo demás: la florecilla en la barra de tareas, verde cuando estabas disponible, y el UIN, un número de identificación que hacía las veces de nombre. Los números cortos, de las primeras hornadas, se convirtieron en una especie de credencial de veteranía; había quien presumía de tener seis cifras como quien presume de una matrícula antigua.
AOL compró Mirabilis en 1998, en pleno apetito puntocom por cualquier cosa que oliera a comunidad en línea. ICQ resistió mucho más de lo que nadie habría apostado: sobrevivió a Messenger, cambió de dueños hasta acabar en manos de una compañía rusa y siguió funcionando —cada vez más lejos del foco— hasta que en junio de 2024 se apagó del todo, veintiocho años después de nacer.
De qué habla quien llega buscando aquello
Esta sala está conectada al canal general y al de ocio, así que dentro no se habla de ICQ todo el rato: se habla de lo que se hable esa tarde. Pero el nombre atrae a un tipo de persona concreta, y se nota. Sale la conversación de qué programas tenías instalados en el Pentium de casa, de las listas de contactos que se te quedaron congeladas cuando el servicio de turno cerró, y de cuánta gente conociste por escrito antes de tener ninguna foto suya.
Es un buen tema de arranque, porque casi nadie se lo guarda. Cuenta cuál fue tu primer mensajero y en dos minutos tienes media sala respondiendo con el suyo.
Lo que cambia respecto a un mensajero
La diferencia grande no es la nostalgia, es el formato. Un mensajero funcionaba con lista de contactos: hablabas con gente que ya conocías y que te había aceptado. Una sala funciona al revés, con una habitación abierta donde todo el mundo lee lo mismo a la vez y donde la conversación con alguien nuevo empieza en público antes de irse al privado.
Eso hace que aquí sea más fácil conocer a alguien de cero y más difícil reencontrar a nadie: no hay lista, no hay historial y no hay forma de rastrear a aquel contacto que perdiste. Si lo que buscabas era volver a hablar con una persona concreta de entonces, esta no es la puerta, y conviene decirlo antes de que pierdas la tarde. Si lo que buscabas era el tipo de conversación, esa sí sigue existiendo: se abre en el navegador, no deja nada instalado y se cierra con la pestaña.
Para el pariente cercano de ICQ en aquellos años, el chat de texto en canales, tienes al lado la sala de IRC hispano; para la otra gran costumbre de la época en español, la sala estilo Terra. Y si lo que te interesa es hablar de la tecnología de entonces y de la de ahora, está el chat de tecnología.