Quien chateaba hace quince o veinte años recuerda la interfaz: una columna con la lista de salas, el número de gente al lado de cada nombre y la posibilidad de tener tres abiertas a la vez saltando entre pestañas. Aquel diseño parecía condenado cuando llegaron las aplicaciones de mensajería, y sin embargo sigue teniendo sentido para algo que las apps no hacen: hablar con desconocidos organizados por tema o por lugar.
Varias salas a la vez, como entonces
Al pulsar entrar aquí no se abre una sala, se abren dos: #argentina y #latinoamerica. Es el mismo principio de antes. Puedes seguir las dos conversaciones en paralelo, participar en una y mirar de reojo la otra, o cerrar la que no te interese.
#argentina tiene más de 80 personas conectadas a la vez y un ambiente marcadamente rioplatense. #latinoamerica es el grande de la región, con más de 400 de tope, donde se cruzan acentos de todo el continente y también de España.
Qué cambió y qué no
Lo que ha cambiado es la tecnología de debajo. Aquellos webchats montaban su propio sistema; esta sala se apoya en una red de canales que lleva décadas en funcionamiento y que nunca dejó de tener usuarios. Por eso hay gente dentro a horas en las que un chat nuevo estaría vacío: no se ha creado una comunidad desde cero, se está entrando a una que ya existía.
Lo que no ha cambiado es la experiencia. Escribes, alguien contesta, la conversación se va por donde quiera irse. Sin algoritmo que decida qué ves, sin perfil que rellenar y sin métrica de popularidad.
Cómo se entra
Con un apodo. Se confirma la edad y ya está: ni correo, ni contraseña, ni descarga, ni permisos. Funciona en el navegador del móvil igual que en el del ordenador, y si cierras por error puedes volver a entrar con el mismo nombre.
Sobre la marca: preferimos no atribuirle una historia a un nombre del que no tenemos datos comprobables. Lo que sí podemos garantizar es lo que hay detrás del botón.