Los marroquíes de Europa, no solo de Marruecos
Hay millones de personas de origen marroquí repartidas por Europa, y su vida no cabe entera dentro del mapa de Marruecos. Francia es el gran polo: barrios enteros de París, Lyon o Marsella donde el marroquí se mezcla con el argelino y el tunecino, y varias generaciones nacidas ya en suelo francés. Bélgica es el otro, con una comunidad marroquí muy asentada en Bruselas —el municipio de Molenbeek es casi un símbolo— y en Amberes. Y luego está España, la vecina, con la llegada más reciente y la única que se hace por tierra y mar en coche.
Esta sala es para esa gente y para sus hijos: los que se manejan mejor en francés que en árabe, los que tienen el DNI de un país y el corazón repartido entre dos, los que en casa oyen darija y en la calle hablan otra cosa. Aquí esa doble vida no hay que explicarla, se da por hecha.
Lo francófono, que es media identidad
A diferencia del norte de Marruecos, donde pesa el español por el antiguo protectorado, la mayor parte del país quedó bajo protectorado francés entre 1912 y 1956, y el francés sigue siendo la lengua de la administración, los negocios y buena parte de la enseñanza. Para la diáspora eso se multiplica: el que creció en Francia o Bélgica piensa en francés, y cuando vuelve a Casablanca o Rabat se mueve en él sin problema.
De ahí salen conversaciones muy de esta sala. El rap francés de artistas de origen magrebí, la comida que mezcla el tayín de la abuela con lo que se come en el instituto belga, el fútbol —la selección marroquí en el Mundial de 2022 fue una fiesta que se vivió tanto en Rabat como en los barrios de Bruselas y Barcelona—, y esa sensación de ser “demasiado marroquí para Europa y demasiado europeo para Marruecos” que tantos describen igual aunque vivan en países distintos.
El verano en el bled
Si hay un tema que une a toda la diáspora es el regreso de verano, lo que muchos llaman ir “al bled”, al pueblo o a la ciudad de la familia. Cada julio y agosto, cientos de miles de coches con matrícula francesa, belga, alemana u holandesa bajan por España camino del sur. Los que embarcan hacia el norte de Marruecos lo hacen por Algeciras o Almería en la enorme operación del Estrecho; muchos otros cruzan por el puerto de Tánger Med cargados hasta el techo de regalos.
En la sala ese viaje se cuenta con todos sus detalles: los kilómetros de autopista, las colas del puerto, el reencuentro con primos a los que solo se ve una vez al año, y la mezcla rara de sentirse en casa y de turista a la vez en el propio país de los padres. Y luego la vuelta, con la maleta llena de aceite y aceitunas y la cabeza ya pensando en el año siguiente.
Sin aplanar a nadie
Una precisión que en esta sala importa: la diáspora marroquí no es toda árabe. Buena parte de la emigración salió del Rif y del noreste, gente amazigh que en casa habla tarifit, no darija. Un chaval de Molenbeek o de Terrassa puede tener como primera lengua familiar una variedad amazigh y no el árabe, y llamarle “árabe” sin más borra justo lo que es. Marruecos es árabe y amazigh a la vez —el tamazight es lengua oficial desde la Constitución de 2011—, y eso viaja con la gente allá donde va.
Para todo lo que tiene que ver con el país por dentro —sus ciudades, la huella española del norte, el Rif— está la sala de Marruecos, que es la compañera natural de esta. Y si lo tuyo es saltar de un idioma a otro, el chat de idiomas tiene ese mismo pulso; para lo demás, España es donde vive buena parte de esta comunidad.