Un mundo mucho más grande que un país
Cuando se dice “árabe” se suele pensar en un sitio y ya está, pero son unos veintidós países y una franja que va de la costa atlántica de Marruecos al golfo Pérsico. Los propios árabes lo dividen: el Magreb, el poniente, con Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania; y el Machreq, el levante, con Egipto, el Líbano, Siria, Palestina, Jordania, Irak y la península arábiga. Entre un extremo y otro hay tanta distancia cultural como entre dos puntas de Europa, y los dialectos hablados llegan a no entenderse del todo entre sí.
Esta sala es para ese mundo entero visto desde el español: gente de origen árabe que vive en España o en América, quien tiene la lengua en casa y quien la perdió hace dos generaciones pero conserva el apellido y la cocina. Se habla de política sin que se convierta en un ring, de comida, de música, de familia y de la eterna pregunta de “¿y tú de dónde eres exactamente?”.
Los árabes de América, la historia que no se cuenta
Aquí está la parte que sorprende a quien no la conoce. A finales del siglo XIX y principios del XX, cientos de miles de personas del Líbano, Siria y Palestina —entonces bajo el Imperio otomano— emigraron a América. Como viajaban con pasaporte otomano, en los puertos de Buenos Aires, São Paulo o Santiago los apuntaron como “turcos”, y el mote se quedó pegado durante generaciones aunque no tuvieran nada de turcos.
De aquella oleada salieron comunidades enormes. Brasil y Argentina cuentan sus descendientes por millones. En Chile vive una de las mayores comunidades palestinas fuera de Oriente Medio, tan asentada que tiene equipo en primera división: el Club Deportivo Palestino, fundado en 1920 por inmigrantes, juega con la bandera palestina en la camiseta. Colombia tiene su gran foco en Barranquilla y el Caribe; el escritor Gabriel García Márquez retrató a esos “turcos” del pueblo en sus novelas. Y en México el apellido árabe llega hasta lo más alto de la lista de fortunas del país.
En la sala esto se nota: entra un chileno de apellido Yarur o Said, un argentino cuyo bisabuelo salió de Homs, un colombiano de Maicao, y descubren que comparten kibbeh, tabule y las mismas historias de abuelos. Es de las conversaciones que más engancha.
De qué se habla
- Cocina compartida: el kibbeh, el tabule, el hummus, los dulces de pistacho, y la sorpresa de encontrar los mismos platos con nombres distintos de un país a otro.
- Apellidos y raíces: rastrear de qué pueblo salió la familia, qué significa el apellido, cómo se deformó al escribirlo en América.
- Idioma: el árabe clásico que une y los dialectos que separan, más el francés en el Magreb y el Líbano.
- Actualidad: lo que pasa en la región, contado por gente con vínculo real y no desde el titular de fuera.
- Identidad de segunda y tercera generación: ser árabe sin haber pisado el país, o serlo a medias, o solo en las bodas.
Árabe no es todo lo mismo
Una cosa que en esta sala se cuida: el mundo árabe es plural y no todo lo que hay dentro de sus fronteras es árabe. Los amazigh del norte de África —los rifeños de Marruecos, los cabilios de Argelia— tienen lengua y cultura propias y llevan tiempo pidiendo que no se les llame árabes por defecto. Lo mismo vale para kurdos, asirios y otros pueblos del Machreq. Aquí cabe todo el mundo, pero cada cual dice lo que es.
Para lo específico de Marruecos por dentro está la sala de Marruecos, y para la diáspora marroquí de Europa, la de Maroc; esta es la de mirada ancha, el mundo árabe entero. Y como buena parte de la gente escribe desde América o desde España, la cultura compartida es casi siempre el punto de encuentro.