La ciudad que nació de la independencia y vive de la frontera
Cúcuta no entendería su historia sin dos fechas. La primera es 1821, cuando el Congreso de Cúcuta ratificó en el templo donde hoy está el parque del mismo nombre la Constitución que fundó la Gran Colombia y dio a Francisco de Paula Santander —cucuteño por adopción y padre del derecho colombiano— su papel de Vicepresidente. La segunda es cualquier día de mercado en el centro de la ciudad, donde el flujo de mercancías, divisas y personas entre Colombia y Venezuela ha convertido Cúcuta en una de las plazas comerciales más activas del continente durante los últimos dos siglos.
El Puente Internacional Simón Bolívar, inaugurado en 1944 sobre el río Táchira, es el cordón umbilical de esa relación. En las décadas de bonanza venezolana era el cruce de los colombianos que iban a comprar electrodomésticos, gasolina y whisky rebajados; cuando el bolívar se desplomó, la dirección se invirtió y fueron los venezolanos los que cruzaban a comprar comida y a cambiar lo que pudieran. Desde 2019, con el cierre y las sucesivas reaperturas del paso, la frontera convive con el vaivén político y la informalidad; pero el comercio no para, porque nunca ha parado en Cúcuta.
El calor y la mezcla de la frontera
Cúcuta tiene uno de los climas más cálidos de Colombia: temperaturas que rondan los 33-35 °C de media, con picos que superan los 40 °C en el piedemonte. El calor no es una queja sino casi una identidad: el cucuteño aprende a vivir con él, a buscar la sombra de los almendros del parque Santander, a organizarse en las horas tempranas y a salir de noche cuando el cemento empieza a soltar algo del calor acumulado.
La mezcla humana de la ciudad es excepcional. Hay cucuteños de toda la vida, con su acento de frontera que comparte rasgos con el venezolano, que guardan el orgullo del Partido Liberal y de los generales que dieron la independencia. Hay colombianos de todos los departamentos que llegaron a trabajar en el comercio o en la industria. Y desde 2015 hay una comunidad venezolana que puede ser la más grande de cualquier ciudad colombiana: familias, profesionales y trabajadores informales que cruzaron el puente en busca de estabilidad y que han cambiado la gastronomía, el vocabulario y la fisonomía de barrios enteros. En los últimos años ese peso demográfico venezolano ha hecho de Cúcuta una ciudad genuinamente binacional.
Pamplona, los Andes y el alivio del frío cercano
A solo 130 kilómetros de Cúcuta por la vía que sube hacia Bogotá está Pamplona, la ciudad universitaria de los Andes colombo-venezolanos, a 2.300 metros de altitud y con temperaturas de 14-16 °C que los cucuteños consideran casi un paraíso invernal. El contraste es brutal: en dos horas de carro se pasa del piedemonte ardiente a páramos y valles fríos con arquitectura colonial. Los fines de semana hay cucuteños que suben a Pamplona solo para respirar, tomar chicha de arroz caliente y ponerse un saco.
También está el Parque Nacional Natural Tamá en la frontera con Venezuela, la serranía de los Motilones al norte y el lago de Cúcuta —el embalse del Río Pamplonita— para quienes buscan agua sin cruzar fronteras. El cucuteño conoce bien esas escapadas y las recomienda con la generosidad de quien tiene el calor como punto de partida y el frescor como destino.
Consejos para chatear
El cucuteño es cálido pero directo, con el acento cantado y fronterizo que mezcla modismos colombianos y venezolanos. El tema de la frontera sale enseguida —política, economía, la vida de quienes cruzan— y es terreno sensible: conviene escuchar antes de opinar. El fútbol con el Cúcuta Deportivo levanta pasiones; el calor es siempre buen rompehielos. No compartas datos personales con desconocidos y si quedan en persona, elige el parque Santander, un café del centro o el Centro Comercial Unicentro.