La ciudad más grande del mundo a la que no llega ninguna carretera
El chat de Iquitos junta a gente de una ciudad que vive de espaldas al resto del Perú por pura geografía: llegar aquí implica subirse a un avión o navegar días por el Amazonas, no hay otra. Eso marca el carácter. El iquiteño tiene una identidad amazónica muy fuerte, distinta a la del andino y distinta a la del costeño, y esa diferencia sale enseguida en la conversación. No es chovinismo; es orgullo de quien vive en medio de la selva más grande del planeta y lo sabe.
En la sala coinciden universitarios de la UNAP y vecinos de toda la vida, gente del barrio de Belén que vive literalmente sobre el agua en sus palafitos, comerciantes del mercado flotante y personas que trabajan en los lodges de la selva o en el turismo. También hay una parte importante de iquiteños que salieron a estudiar o trabajar a Lima, Iquitos o al extranjero y entran al chat para no perder el contacto con su ciudad. Para ellos el chat es un cable con el Amazonas desde cualquier parte del mundo. Cuando llega el Festival de San Juan, en junio, aparecen además los que han vuelto para las fiestas y la sala coge un ambiente de reencuentro.
Por zonas se nota el pulso de la ciudad. La gente del Malecón Tarapacá y el Boulevard habla de bares, de la vista del río al atardecer y de los planes nocturnos. Los del barrio de Belén traen conversación de mercado, de la vida sobre el agua y de las canoas que suben cuando sube el caudal. Los de la zona universitaria cerca de la UNAP mezclan estudios, búsqueda de compañeros y planes de fin de semana. Y siempre hay alguien que pregunta por la Casa de Fierro, por los azulejos portugueses de las mansiones de la época del caucho o que explica a un visitante qué es eso de la fiebre del caucho y por qué Iquitos tuvo mansiones de lujo en medio de la selva hace cien años.
El calor húmedo, el Festival de San Juan y el pulso de la sala amazónica
Las horas de mayor actividad son la tarde-noche, a partir de las cinco o seis cuando baja un grado el calor y la gente respira. Con treinta y tantos grados y una humedad del noventa por ciento, las mañanas en Iquitos son para moverse rápido y el chat no es la prioridad. Al caer la tarde, la sala cobra vida con charlas de qué hacer, dónde comer o simplemente conversar. Los viernes y sábados por la noche son los más animados; el Boulevard y el Malecón llenan la sala de planes.
El pico del año es el Festival de San Juan, el 24 de junio. Es la fiesta más importante de toda la Amazonía peruana y en Iquitos se vive de forma masiva: bailes, comida, el juane como plato protagonista y fiestas que duran días. En esas fechas la sala se desborda con gente que coordina reuniones, comparte fotos y habla del sabor del juane de su madre, que siempre es el mejor.
Los bufeos, el juane y la selva en la conversación
La selva y el río son el telón de fondo de casi todo. Los bufeos —los delfines rosados del Amazonas— salen seguido, sea por avistamiento real, por la leyenda local de que se convierten en personas por la noche o simplemente porque alguien los vio desde una canoa. La victoria regia, el nenúfar gigante del Amazonas, aparece cuando alguien pregunta por los símbolos de la región.
La gastronomía amazónica tiene capítulo propio en cada conversación. El juane es el plato bandera y no hay iquiteño que no tenga opinión sobre cómo debe hacerse bien: arroz con gallina, huevo, aceitunas y especias envuelto en hoja de bijao y cocido al vapor. El tacacho con cecina levanta debates de proporciones similares. Quien se atreve pregunta por el chontacuro, la larva de palma frita que es delicatessen local para unos y horror gastronómico para los de fuera. El paiche, uno de los peces más grandes de agua dulce del mundo, y la patarashca, el pescado en hoja envuelto a las brasas, completan la lista de los que se mencionan siempre.
Las carreteras que no existen generan conversaciones largas. Cuando alguien de fuera pregunta cómo se llega en bus, la sala entera explica pacientemente que eso no es posible y se lía un debate de si algún día llegarán las carreteras y si eso sería bueno o malo para la selva y para la ciudad. El calor extremo y la humedad son queja recurrente y al mismo tiempo punto de orgullo: “tú no aguantarías vivir aquí” es un argumento que sale seguido cuando hay visitantes en la sala.
Consejos para chatear
Rompe el hielo preguntando algo concreto de la ciudad: el festival de San Juan, dónde comer el mejor juane, qué hay que hacer en el mercado de Belén o si los bufeos se ven desde el Malecón. Los iquiteños son hospitalarios y les gusta explicar su ciudad a quien muestra interés real. Evita preguntas que presuponen que Iquitos es un lugar atrasado o peligroso; la ciudad tiene orgullo amazónico genuino y las preguntas con ese tono cortan la conversación.
Si estás de paso o planeas visitar, la sala es una fuente excelente de recomendaciones reales: qué lodges son serios, qué agencias de turismo no engañan, cómo moverse en mototaxi sin pagar precio de turista. La gente comparte ese tipo de información con gusto. No compartas datos personales como tu número o dirección con alguien recién conocido, tómate tu tiempo antes de concretar un encuentro y, si quedas con alguien, hazlo en un lugar público como el Boulevard o el Malecón, donde hay gente y movimiento a cualquier hora.