El petróleo que construyó la ciudad
Maturín no sería lo que es sin el petróleo. Los primeros pozos del oriente venezolano se perforaron en la Cuenca Oriental en los años 30 del siglo XX, pero fue la bonanza de los 70 y la expansión de PDVSA en los 80 y 90 lo que convirtió una ciudad colonial de escala media en una metrópoli del oriente. Las urbanizaciones, los centros comerciales —el Sambil Maturín, uno de los mayores del oriente— y la Universidad de Oriente (UDO) con su núcleo Monagas se construyeron con renta petrolera, y la ciudad tiene esa arquitectura ecléctica de los boomtowns: mucho concreto de los 80, avenidas anchas para el tráfico pesado y parques que intentan devolver algo de verde a una ciudad que creció sin mucho plan.
La Faja del Orinoco, a 90 kilómetros al sur, es la reserva de crudo extra-pesado más grande del planeta: unos 300.000 millones de barriles certificados. La crisis de PDVSA desde 2016 —producción desplomada de 3,5 millones de barriles al día a menos de 800.000— golpeó durísimo a Maturín. Los trabajadores petroleros que se fueron al exilio, las familias que cruzaron a Brasil o Colombia, los jóvenes de la UDO que emigraron antes de graduarse: todas esas historias están en la sala, con la nostalgia de quien recuerda lo que fue y la determinación de quien sigue en pie.
Los morichales y el río Guarapiche
El morichal es el paisaje más propio del oriente venezolano: una galería de palmas de moriche (Mauritia flexuosa) que siguen el curso de los caños y que crean un corredor verde y umbroso en medio de la sabana calurosa. El río Guarapiche, que nace en las serranías del interior y atraviesa Maturín antes de desembocar en el golfo de Paria, tiene varios morichales en sus orillas accesibles desde la ciudad; el Parque de la Guaricha —con su estanque, su zona deportiva y sus árboles de morichal— es el pulmón verde urbano donde los maturineses van a caminar al amanecer cuando el calor todavía no aprieta.
El clima de Maturín es tropical húmedo: unos 28 °C de media anual, con una estación seca de diciembre a abril y lluvias que entre junio y octubre pueden inundar los bajos de la ciudad. El calor es una presencia constante que marca los horarios de la vida social: la tarde-noche es el momento de salir, no el mediodía. Los morichales y las riberas del Guarapiche son el plan natural de escape que los maturineses conocen bien.
El casabe, el pescado de río y la cocina oriental
La cocina del oriente venezolano tiene como base el casabe: el pan de yuca amarga que los pueblos indígenas de la cuenca del Orinoco llevan produciendo desde antes de la llegada de los españoles y que hoy es el acompañante habitual de cualquier comida en Maturín. El casabe que se vende en las esquinas de la ciudad —fresco, crujiente, aún tibio de la budare donde se coció— es diferente al industrial; los maturineses saben cuál comprar.
El río Guarapiche y los caños del oriente surten una cocina de pescado de río que es parte de la identidad: el carite, el lau-lau, el coporo, la cachama y el bagre se preparan en sancocho, frito o asado sobre brasas en las orillas de los caños. Los domingos, las familias arman parrilla en las riberas con nevera de cerveza y música llanera, en la tradición que ninguna crisis económica ha podido erradicar del todo. El mango de bocao —pequeño, fibroso y dulcísimo, del que hay decenas de variedades en los solares de las casas— es la fruta del oriente por excelencia.
El joropo y los llanos vecinos
Maturín está en la frontera entre el oriente venezolano y los llanos: a pocas horas en carro están los llanos de Monagas y Anzoátegui, la sabana plana donde el joropo —la música nacional de Venezuela— nació y sigue vivo. El arpa llanera, el cuatro y las maracas forman el trío que toca en veladas y parrandas; el cantante improvisa versos sobre el ganado, el río y la mujer amada en un género que tiene más de métrica y habilidad que de letra escrita.
Las fiestas de San Simón y las parrandas de diciembre mueven la ciudad con joropo y gaitas orientales; el orgullo llanero y oriental —que es distinto del caraqueño y lo sabe— aparece en la conversación como identidad. La UDO produjo generaciones de ingenieros petroleros y agrónomos que conocen los llanos tan bien como los edificios de Maturín, y ese perfil universitario técnico da un tono particular a la sala: pragmático, con orgullo de lo local y sin ingenuidad sobre lo que ha pasado en el país.
Consejos para chatear
El maturinés tiene el acento oriental venezolano, más suave y cadencioso que el caraqueño, con expresiones propias del oriente y del mundo llanero. El tema del petróleo y la crisis es omnipresente —no hay que evitarlo, es parte de la vida de todos— pero se lleva con un humor negro característico. El calor, el casabe y el joropo son siempre buenos puntos de partida. No compartas datos personales con desconocidos y si quedan en persona, el Parque de la Guaricha o un restaurante conocido del centro son las referencias.