El Cerro del Mercado y los orígenes mineros
El Cerro del Mercado es el símbolo geológico de Durango: una montaña de 230 metros de altura sobre la ciudad compuesta casi íntegramente de mineral de hierro, con reservas estimadas en 700 millones de toneladas de magnetita. Los españoles lo encontraron en el siglo XVI y construyeron la ciudad alrededor de él; las fundiciones del siglo XIX y las plantas de Altos Hornos del siglo XX explotaron el yacimiento. El Cerro es visible desde cualquier punto de la ciudad y los duranguenses lo tienen interiorizado como referencia visual absoluta: «al lado del Cerro» es una indicación de ubicación que cualquier habitante entiende.
La ciudad fue fundada en 1563 por el conquistador Francisco de Ibarra y durante el periodo colonial fue la capital de la Nueva Vizcaya, el territorio que incluía los actuales estados de Durango, Chihuahua y parte de Texas. El Centro Histórico conserva ese origen: la Catedral Basílica, el Palacio del Gobierno, el Teatro Ricardo Castro de 1905 y las plazas porticadas forman un conjunto austero y bien preservado que tiene más de lo sobrio norteño que del barroco exuberante del centro de México.
La tierra del cine: westerns y Villa del Oeste
Entre los años 1950 y 1990, Durango fue el México más frecuente en Hollywood. El paisaje exterior a la ciudad —la sierra semiárida, los cerros pelados, las llanuras con pasto dorado, la luz intensa y seca del altiplano del norte— era visualmente idéntico al suroeste de Estados Unidos, mucho más barato de usar y sin los sindicatos de Hollywood. Sam Peckinpah rodó «Pat Garrett y Billy the Kid» aquí; John Wayne, «Chisum» y otras; «La Pandilla Salvaje», «El Dorado» y más de un centenar de westerns y películas de acción tienen en Durango su telón de fondo.
Los sets de Villa del Oeste y Chupaderos, a unos treinta kilómetros de la ciudad, son los más famosos: construcciones de fachadas de madera imitando pueblos del suroeste americano que se usaron como locaciones y que hoy funcionan como parques temáticos. Los duranguenses los visitan con la satisfacción del que sabe que su tierra salió en pantalla, y la conversación sobre qué películas se rodaron aquí puede durar lo que dure la tanda en la cantina.
El caldillo, el asado de bodas y el mezcal duranguense
La cocina duranguense tiene su plato más representativo en el caldillo: una sopa de carne de res o puerco con chile ancho, tomate, papa y especias que los duranguenses comen en las tardes frías de invierno con tortillas recién hechas. La gallina borracha, la cecina con chile y el asado de bodas —la carne de cerdo con chile colorado que es obligatoria en las celebraciones familiares— completan el menú de una cocina directa y contundente que encaja bien con el carácter norteño de la ciudad.
El mezcal de Durango está en pleno reconocimiento: el agave tobaziche y el silvestre de las sierras de Durango producen mezcales de sabor más terroso y menos afrutado que los oaxaqueños, y la fama de ser «mezcal de sierra» les da un perfil de autenticidad que los bares especializados de Ciudad de México y Guadalajara empiezan a buscar. Los duranguenses beben mezcal local desde siempre, antes de que se pusiera de moda.
El Espinazo del Diablo y la Sierra Madre
La carretera que une Durango con Mazatlán —la Federal 40, llamada «El Espinazo del Diablo» en su tramo serrano— es una de las carreteras más espectaculares de México: 320 kilómetros que suben desde el altiplano duranguense a 2.300 metros, atraviesan la cima de la Sierra Madre Occidental y bajan por 23 kilómetros de cañones verticales hasta el Pacífico. El trayecto completo dura cuatro horas y los duranguenses lo hacen para llegar a Mazatlán a la playa, aunque cada vez más hay quien hace el Espinazo como excursión solo por el paisaje.
La sierra de Durango también alberga selva de pino-encino, ríos de truchas y comunidades indígenas tepehuana y rarámuri que los duranguenses conocen bien y que aparecen en la conversación cuando se habla de lo diverso que es el estado.
Consejos para chatear
El duranguense tiene el trato directo y sin rodeos del norteño, con el acento del altiplano mexicano y el orgullo de quien sabe que su tierra es más interesante de lo que el resto del país imagina. Los alacranes —Durango compite con Colima por el título de estado más alacranero de México— son tema de broma inagotable. No compartas datos personales con desconocidos y si quedan en persona, los portales del Centro o un café de la Zona Centro son los puntos de encuentro habituales.