La civilización olmeca: el corazón de todo
Antes de que existieran los aztecas, los mayas clásicos o los toltecas, los olmecas ya habían levantado una civilización en las llanuras del Golfo. Tabasco —y Villahermosa como su capital— está sobre ese territorio fundacional, y eso se nota en cada rincón de la ciudad. El Parque Museo La Venta es la prueba más espectacular: un jardín de selva tropical donde se exhiben en su contexto las cabezas colosales olmecas de La Venta, monolitos de basalto de hasta tres metros de altura y veinte toneladas de peso que retratan con exactitud los rasgos de gobernantes que vivieron hace más de dos mil quinientos años.
Caminar entre esas esculturas bajo los árboles, con el calor húmedo de Tabasco encima y los sonidos de la selva alrededor, es una experiencia que no se parece a ningún museo convencional. El CICOM —Centro de Investigaciones de las Culturas Olmeca y Maya— y el Museo Regional de Antropología Carlos Pellicer Cámara, que lleva el nombre del poeta más célebre de Tabasco, completan en la ciudad un circuito arqueológico de primera categoría. Villahermosa es, sin exageración, uno de los mejores lugares de México para entender los orígenes de la civilización mesoamericana.
Cacao, pozol y la mesa tabasqueña
Tabasco es la tierra del cacao y los tabasqueños lo saben y lo repiten con orgullo. Los olmecas fueron los primeros en procesar el fruto del árbol Theobroma cacao y en convertirlo en una bebida ritual; los mayas lo perfeccionaron y lo usaron como moneda. Hoy, las plantaciones de cacao salpican el estado y Villahermosa tiene su propia cultura culinaria construida alrededor de él.
El plato que define a la ciudad es el pejelagarto asado: un pez de aspecto prehistórico, con escamas durísimas y mandíbula de cocodrilo, que vive en los ríos y lagunas de Tabasco y que los tabasqueños preparan a las brasas desde tiempos inmemoriales. Se sirve abierto sobre la parrilla, con tortillas de mano, chiles frescos y mucho limón, y comerlo en el mercado Pino Suárez o en alguna fonda del centro es un rito de iniciación para cualquier visitante.
El pozol es la bebida que completa la mesa: una mezcla de masa de maíz y cacao disueltos en agua fría, levemente amarga y muy refrescante, que los mayas bebían como sustento en los trabajos del campo y que hoy sigue siendo la respuesta tabasqueña al calor aplastante de la llanura costera. Los tamales de chipilín, el tasajo y la cochinita tabasqueña redondean una gastronomía de bajo perfil nacional pero de altísima identidad regional.
Petróleo, ríos y la geografía que lo explica todo
El otro gran factor que define a Villahermosa es el petróleo. Tabasco es una de las regiones petroleras más ricas de México y la economía de la ciudad lleva décadas ligada a PEMEX y a las empresas de servicios que rodean la industria extractiva. Eso le da a Villahermosa un carácter de ciudad funcional y de paso, con aeropuerto activo y una clase media de ingenieros, técnicos y funcionarios que convive con la cultura ancestral olmeca en la misma cuadrícula urbana.
La geografía completa el cuadro. Villahermosa está rodeada de agua: el río Grijalva y el río Usumacinta son dos de los caudalosos del sureste mexicano, y la Laguna de las Ilusiones está integrada dentro de la propia ciudad, con un malecón donde los habitantes pasean al atardecer. El clima es extremo: temperaturas de 35 °C combinadas con una humedad permanente y lluvias torrenciales que hacen de Tabasco uno de los estados más lluviosos de México. Esa agua omnipresente explica la selva, el cacao, el pejelagarto y la abundancia que los olmecas encontraron aquí hace milenios.
Vida universitaria y cómo conectar en Villahermosa
La Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT) es la institución académica más grande del estado y da a Villahermosa una dinámica universitaria que anima el centro y los barrios del norte de la ciudad. Con algo más de 353.000 habitantes, Villahermosa no es una megalópolis, pero su posición estratégica entre Chiapas, Veracruz y la Península de Yucatán la convierte en un cruce de caminos donde circula gente de perfiles muy distintos: investigadores de arqueología, trabajadores de la industria petrolera, turistas en ruta hacia Palenque o las ruinas mayas, y tabasqueños que llevan generaciones orgullosos de una identidad que el resto de México tardó demasiado en descubrir.
Chatear con gente de Villahermosa es una forma de acceder a esa perspectiva desde dentro: saber cuándo hay eventos en el Parque La Venta, qué fonda sirve el mejor pejelagarto de la ciudad o cómo está el tiempo antes de salir hacia las lagunas. Los tabasqueños son conversadores, tienen mucho de qué hablar y no suelen guardarse las recomendaciones.